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Comunidad Terapeútica Las Flotas

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Concurso de Cuentos

Hemos organizado en el Centro un pequeño concurso "literario". Los pacientes debían escribir un cuento sobre uno de sus mayores enemigos: el ABURRIMIENTO. Así lo han hecho y hemos subidos los dos cuentos más votados. Esperamos que os gusten.

LA PLAGA

de Juan Carlos Casado

En una aldea de un país lejano, donde todo era maravilloso, sus campos verdes y floridos, los bosques espesos y profundos, los ríos y lagos azules como el cielo, donde todo era felicidad y alegría, donde los niños, mujeres, hombres y ancianos disfrutaban de la vida, eran felices, amables y cariñosos, disfrutaban de las pequeñas cosas que les daba la vida. En fin, vivían como en un cuento de hadas.

Los días se hacían cortos y las noches muy largas, pero toda esta armonía y felicidad se apagaría como se apagaban los días.

Un día, al amanecer, cuando los habitantes se empezaban a despertar, descubrieron que su pequeña aldea iba cambiando. El sol no brillaba, no era igual, las flores de sus campos empezaban a marchitarse, los bosques entristecieron, como si los árboles estuvieran llorando, los ríos y lagos ya no tenían el color azul que los caracterizaba. La aldea se convirtió, de la noche a la mañana, en un lugar siniestro, y todos sus aldeanos entristecieron de una forma tan brutal que ya no existía esa belleza, armonía y felicidad.

Y APARECIÓ DE REPENTE EL ABURRIMIENTO.

Los aldeanos enmudecieron, los niños dejaron de reír, se apagó la vida de la aldea como se apaga una vela.

Los juegos de los niños ya no existían, se aburrían, todos estaban tristes. Los aldeanos mayores, al ver a los niños aburridos y tristes, también caían en el abismo del aburrimiento.

Todo parecía haber cesado, como el canto de los pájaros, el ir y venir de los niños. Pero estos sí tenían tiempo para maquinar o pensar situaciones que ponían a la aldea y a sus habitantes en situaciones de peligro.

Los aldeanos de los alrededores no se explicaban que sus vecinos, los más activos, felices y dinámicos de la comarca habían caído en ese abismo del aburrimiento, que no tuvieran ilusiones ni ganas de hacer nada, sin motivación. Era una aldea muerta, sin futuro y sin ganas de vivir. Porque era tan profundo el aburrimiento que los buenos hábitos dejaron de existir.

Pasaba el tiempo, los días se hacían eternos y cada vez el aburrimiento era más insistente. Ya no existían piedrecitas para tirar y los niños que intentaban animarse no podían, porque el abatimiento era tan fuerte que no eran capaces de levantar la cabeza, la imaginación que siempre los caracterizaba no existía, solo tenían aburrimiento.

Transcurrido algún tiempo, la noticia de la “aldea aburrida”, como ya la llamaban en toda la comarca, llegó a oídos de un anciano, el cual no entendía como esa maravillosa aldea había perdido su encanto. Un encanto que conocía muy bien porque él y todos sus antepasados habían vivido en esa aldea, por lo que no comprendía lo que pasaba.

El anciano era alto, delgado pero fuerte, con un pelo ondulado, bigotes y cejas muy pobladas y oscuras, con manos finas y dedos muy largos, y una mirada tan profunda que parecía que te adivinaba el pensamiento. Sus ojos lo decían todo. Un día decidió ir a la aldea para observar con sus propios ojos lo que sucedía. Conforme se iba acercando, el simple olor de los campos le avisaba de que algo estaba pasando en su bella aldea.

Cuando le faltaban unos pocos metros para llegar, se cruzó con otro anciano que vivía en la aldea de al lado y este le preguntó:

-Caballero, ¿qué hace usted por estos caminos de Dios? ¿No sabe usted que si sigue este camino llegará a la aldea aburrida? Comentan que todo el que llega a ella se apodera de él un abatimiento, tristeza, melancolía y aburrimiento de los que nunca podrá desprenderse?

-¿Qué me dice, que la aldea donde viví durante toda mi vida y de la que tengo los mejores recuerdos no es ya la misma?

-Así es, recuerde que lo he avisado.

El anciano insistió para averiguar porqué fue causada la desolación de su querida aldea, ya que tenía en sus recuerdos los maravillosos días de su juventud.

Dando una vuelta por la periferia de su aldea, iba notando sensaciones de todo lo que iba pasando en ella. “Desgana, desmotivación, desolación, apatía, envidia, mentira, tristeza”.

Observó a un grupo de niños que estaban tristes, pero al mismo tiempo nerviosos y la mayoría de los aldeanos estaban solos, aislados, como si no quisieran saber nada de nadie, ni lo que tenían a su alrededor. De lo que sí se dio cuenta con claridad fue lo que el aburrimiento producía: malos pensamientos y nerviosismo en todos sus habitantes con ideas malignas.

Conforme iba avanzando, notaba sensaciones que nunca le había sucedido, por lo que reflexionó y analizó después que a él no le afectaba esa maldita plaga que perjudicaba a su preciosa aldea, EL ABURRIMIENTO. Por lo que se daría cuenta de que él era inmune y que podía devolver a su aldea al estado de siempre.

Pasados unos días, el anciano se alejó durante un tiempo a una cabaña escondida donde nadie sabía, porque era un secreto de juventud, un lugar donde él pasaba largos periodos de su tiempo observando y analizando todo lo que por su imaginación pasaba. Allí se retiraría en busca de una solución.

Una vez instalado en la cabaña, no hacía otra cosa que pensar sobre los motivos de esa desgracia y el porqué de esa situación.

Una noche que no podía dormir, se levantó y se sentó en un sillón frente al fuego que había encendido para calentarse. En un momento de somnolencia cerró los ojos y medio dormido escuchó una voz que repetía: “sangre, sangre, sangre”. Se despertó sudoroso y no era por el fuego de la chimenea, ya que esa misma noche había caído una fuerte nevada, sino por esa palabra que runruneaba en su cabeza. No llegaba a comprender el significado de esas palabras que golpeaban su cabeza.

-¿Qué puede significar?- pensó el anciano sudoroso.

Pasaron días, semanas, meses y viendo que no entendía esa voz que no le dejaba conciliar el sueño, decidió ir a dar una vuelta por los alrededores. Caminando, caminando se fue a dar cuenta de que estaba cerca del río donde jugaba de pequeño, por lo que pensó recordar viejos tiempos de su infancia y darse un baño en las heladas aguas. Conforme se iba quitando la ropa y acercándose a la orilla del río, se resbaló haciéndose una pequeña herida que empezó a sangrar. El anciano se alarmó porque no podía entender cómo de una herida tan diminuta podía salir tanta sangre. Viendo las gotas de sangre derramarse en el suelo, el pobre anciano inmovilizado por lo que estaba observando, le vino a la cabeza ese pensamiento que había tenido durante tanto tiempo. No se podía imaginar lo que estaba a punto de suceder: las gotas de sangre saltaban y pasaban entre las ramitas de los árboles, por encima de las hojas. Iban saltando sobre las piedrecitas, sorteando todos los obstáculos. El anciano no daba crédito a lo que estaba sucediendo, observaba con su profunda mirada, llegando a pensar que estaba infectado por la plaga del aburrimiento.

Cuando una gotita de sangre estaba a punto de tocar la orilla del río, se escuchó un tremendo rugido, como si todas las montañas de su alrededor estuvieran cayendo. De repente se escuchó una voz dándole las gracias por su perseverancia y su paciencia, por creer en sus principios.

Cuando la gota de sangre tocó el agua del río, fue como si la vida volviera a nacer, todo empezó a cambiar, los pájaros empezaron a cantar, el agua se estaba volviendo azul, los peces saltaban. Se percibía cómo la alegría iba llegando, llegando con tal fuerza y ganas que desbancó a la maldita plaga del aburrimiento.

Es donde llegó a la conclusión de que la vida, con voluntad, alegría y dedicación, se puede vivir una segunda vez.

UN PAR DE ZAPATOS

de Mercedes Martínez

 

Había una vez, un armario muy grande en el que vivían cientos de zapatos y zapatillas. Todos tenían siempre muchas aventuras que contarse; por ejemplo: los deportivos que eran jóvenes, alegres, inquietos y fuertes, contaban a sus compañeros de armario cómo se lo habían pasado cuando volvían del parque. “Mirad ­–decían– lo hemos pasado super, hemos estado en el parque, ¡vamos a un montón de kilómetros por hora! Y nos hemos cruzado con unas deportivas guapísimas, ¡nos hemos enamorado!. Hemos hablado con ellas por lo menos diez minutos, nos hubiera gustado estar más tiempo pero el jefe ha decidido que teníamos que marcharnos. Nos hemos cruzado con zapatillas de deporte de todos los colores, con perros, hemos estado mirando un estanque, también hemos subido a lo alto de una montaña. ¡Ha sido genial!. Estamos agotados, creo que dormiremos toda la noche”. También estaba doña Zapatilla, que vivía sobre todo por la mañana temprano y por la noche; daba paseos por toda la casa e, incluso, salía a la calle a tirar la basura. Sin embargo, había un par de zapatos cubiertos por un papel y metidos en una caja que los dueños tenían olvidados. Pasaban horas y horas de tedio y apatía en el estante más recóndito del armario. Los demás zapatos los miraban con tristeza porque no vivían, sólos en su mundo vacío. Hasta la alocada y altísima Sra. Fiesta se apenaba, toda estilizada, con sus colores llamativos y sus lentejuelas, que salía una vez a la semana por la noche­ y, a veces, estaba ­hasta las cinco o las seis de la mañana.

Hasta que un día, moviendo cajas y limpiando los estantes, el dueño de la casa los encontró. “Vaya –exclamó– mis zapatos que tiempos atrás fueron mis preferidos, ¡cómo he podido olvidarme de ellos! Mañana me los pondré para ir a trabajar”.

Al día siguiente, los limpiaron, fueron calzados y se marcharon al trabajo. Allí conocieron a botas que le contaron lo duro que trabajaban, de las aguas en las que se metían. También estaba mister Oficina, que les contó las horas que pasaba debajo de una mesa, junto a los cables de un ordenador, sobre una alfombra mullida y caliente. Había otros zapatos, negros y elegantes, también mocasines, algunos altos como la Sra. Fiesta, pero no tan alocados, más bien sensatos y organizados, trabajadores y sin lentejuelas. Charlaban con todos, se reían, compartían opiniones, cambiaban impresiones. Y así, su tiempo pasaba, era divertido y agradable, lleno de cosas interesantes en las que pensar cuando volvían a quedarse solos en su estante. De esta manera, la apatía, el tedio y el aburrimiento desaparecieron de su vida y fueron muy felices.

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